La música tiene esa capacidad única de detener el tiempo. Hoy quiero compartir
con ustedes un momento íntimo con un instrumento que, más que madera y caña, es
historia pura: el toyo. Esta zampoña grave, con sus tubos que parecen desafiar
la escala humana, exige una técnica particular. No se trata solo de soplar; se
trata de dialogar con el aire, de sentir cómo la vibración viaja desde el
diafragma hasta resonar en el pecho. Al tocar el toyo, uno no solo ejecuta una
melodía; está evocando la inmensidad de los paisajes andinos, la calma de la
montaña y la profundidad de nuestras tradiciones ancestrales. En el aula,
siempre busco transmitir a mis estudiantes que cada instrumento es una extensión
de nuestra identidad. El toyo, con su sonido profundo y envolvente, nos invita a
la escucha atenta, al silencio y a la pausa necesaria en medio del ajetreo
cotidiano. Los invito a cerrar los ojos un momento y dejarse llevar por esta
sonoridad grave que, espero, les transmita tanta paz como a mí al interpretarla.